6 ene. 2018

EL FÚTBOL. ¡QUÉ ASCO!



Hoy, día de Reyes, ha salido una mañana desapacible en Madrid; lluvia y frío. Así que he decido quedarme tranquilamente en casa y ver el partido que a las 13:00 daban por la tele: Atlético de Madrid-Getafe.

He aguantado solamente el primer tiempo; no he podido más. Por lo que me he levantado del sillón, he cogido el paquete de tabaco, el cenicero y mi pelotazo de vermut y me he puesto a escribir esto. Estaba asqueado con lo que estaba viendo. Y mira que a mí, desde chaval, el fútbol es el deporte que, con diferencia, más me ha gustado; también lo he practicado hasta edades que podrían considerarse prohibidas para esta actividad (sesenta y tantos). Pero parece que me he hecho viejo para verlo; bueno, para ver el fútbol de élite (primera división) que se ve en España. Es de asco, ya digo.

Me asquea todo lo del fútbol: los jugadores (salvo la excepción que luego citaré), los espectadores y los periodistas comentaristas; menos, los árbitros y también algunos directivos (aunque a estos, afortunadamente, se les ve mucho menos). Diré los porqués.

Muchos de los jugadores, como ya dije en otra entrada de este blog, son marrulleros y tramposos. Una buena parte gana una pasta gansa —obviamente porque son buenos o muy buenos futbolistas—, por lo que deberían ser más considerados con el espectáculo que les proporciona fama y dinero. También con el aficionado que paga por verlos: unos por verles ganar y otros no (no hay que olvidar que los partidos no solo los ven los aficionados del equipo de cada futbolista). Pues no, ellos con una asquerosa desvergüenza creen que los partidos son presenciados solo por los aficionados de su equipo y que, por tanto, se les perdonarán todas las trampas y marrullerías que hagan si tal comportamiento
resulta en favor de su equipo. O sea, juegan solo para los hinchas de su equipo. Vale, habrá quien entienda que eso debe ser así, al fin y al cabo su equipo es el que les paga. Pero, asumiendo que, en parte, eso tiene algún sentido, en el fútbol como en otras actividades, sobre todo si se hacen en público, hay que tener un mínimo de honradez; no todo puede valer. A mí así me lo parece, por eso me da asco verles hacer marrullerías y trampas. Se puede jugar de otro modo; sin ir más lejos, en los partidos de la liga inglesa no se ven las cosas de las que hablo; al menos no con la repulsiva frecuencia que en la de España. Los futbolistas de aquí deberían aprender de los de la «premier», aunque me temo que esto va a ser difícil. Para ejemplo de esto, el del impresentable jugador del Atlético de Madrid Diego Costa, que ha estado las últimas temporadas en la «premier» y ha redebutado hoy en la liga española. Por la radio, me he enterado que en el segundo tiempo del partido que yo estaba viendo hoy le han expulsado por hacer el capullo. También es de los tramposos/marrulleros (además de tonto) y, por lo visto, no ha aprendido nada.

Los espectadores —los de todos los equipos—, por lo que en la tele se percibe (por lo que gritan), también me dan asco. No me voy a extender sobre ellos porque enjuiciar a los espectadores que llenan los estadios sería una tarea poco menos que absurda además de inútil; no merece la pena. Solo voy a decir que hace ya muchos años caí en la cuenta de que, hablando, sobre todo, de los más jóvenes, la cuota de memos o imbéciles de este colectivo supera ampliamente la media de la sociedad o de la mayoría de otros colectivos.

O sea, que el fútbol acoge, como espectadores, a los más gilipollas de cada lugar. No digo que todos los espectadores del fútbol lo sean, por supuesto; digo que, en proporción, la gilipollez humana encuentra en las gradas de los estadios lugar adecuado para dar rienda suelta a su memez o estupidez, que, con razón, en otros espacios no se tolera. En el último partido que estuve como espectador (en el Calderón), la grada que está detrás de una de las porterías la ocupaba un numerosísimo grupo de los gilipollas de que hablo: no pararon de «cantar» sonidos desagradables que acompañaban con pequeños saltitos o movimientos; solo de vez en cuando se paraban para llamar hijoputa al árbitro o a alguno de los jugadores rivales. Me dieron la tarde (estaba relativamente cerca de ellos).

Los periodistas comentaristas también son de pena. Digo comentaristas porque me refiero principalmente a los que comentan los partidos que veo en la tele; por supuesto, no se me ocurre leer un periódico deportivo, menos de los que se ocupan preferentemente de fútbol, o sea, del Madrid o del Barcelona. Pero como veo fútbol en la tele no me queda más remedio que aguantar a los comentaristas; bueno, en más de una ocasión, para no aguantarlos, eliminé el sonido de la tele. De los comentaristas ya me quejé en otra entrada; por tanto, no voy a repetirme. Solo diré que algunos, no todos, me resultan insufribles.

De los árbitros prefiero no hablar. Ya lo hacen —en exceso— los ignorantes (en fútbol) reporteros de los medios de comunicación. Yo creo que los árbitros hacen lo que pueden, teniendo en cuenta las trampas de los futbolistas, la presión de las gradas y las memeces de los periodistas.

Lo de los directivos, especialmente los de los grandes clubes como son el Barcelona y el Madrid, es de puta pena. Solo puedo decir que son los máximos culpables de que en el fútbol se manejen, sin ningún control ni limitación, astronómicas cifras. Pagar cientos de millones de euros por el fichaje de un jugador es, sencillamente, una inmoralidad. Y todo por dar gusto al ego del presidente de turno. Se merecen lo peor

Creo que, más o menos, se habrá entendido por qué me da asco el actual fútbol profesional de élite en España, y que, por eso, esté perdiendo mi afición. Me preocupa. Menos mal que aún disfruto viendo a Messi. Así que ya solo veo los partidos de Barça… bueno, también los del Athletic… aunque juegue el marrullero/tramposo Raúl García.






5 ene. 2018

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6 nov. 2017

LO DE CATALUNYA


Listo: Qué raro, Julio. No has dicho nada sobre lo de Catalunya. El asunto está más que calentito.

Julio: Y qué puedo decir que no se haya dicho ya. Los medios de comunicación no paran de hablar de eso. En La Sexta casi ocupa toda su programación.

L: Sí, pero me gustaría conocer tu opinión. Seguro que aportas un ángulo de observación singular.

J: Sobre lo fundamental del asunto, creo que ya he escrito en este blog mi opinión. Hace años, en 2012, y después en 2015. Sobre Artur Mas, también en 2012, en 2014 y en 2015; sobre C. Forcadell, en 2015; y sobre el derecho a decidir en varias entradas, como, por ejemplo, en 2016. Así que creo que ya he dicho bastante, ¿no te parece, Listo?

L: Sí, pero desde el referéndum que hicieron el pasado 1 de octubre y la posterior declaración unilateral de independencia (DUI) no has dicho ni pío. ¿Es que no te atreves?

J: Pues no, no me atrevo, y te diré por qué. A mí me gusta hacer mis comentarios tratando de ser objetivo; es decir, basándome solamente en lo que me dice el sentido común. O sea, procuro —no sé si lo consigo— que en lo que digo solamente influya la razón, evitando lo que me pidan mis tendencias y preferencias. Y viendo a dónde se ha llegado en este asunto de Catalunya, lo que se ha dicho y lo que se ha hecho (sobre todo, por los independentistas), la verdad, Listo, me resulta muy difícil ser objetivo. Por eso no he dicho nada últimamente.

L: Deduzco, Julio, que te está pasando lo que algunas veces criticas que les pase a otros: que tus sentimientos perturban tus razonamientos. ¿Es eso?
J: Podría ser algo de eso, sí.

L: ¡Jo, Julio! Pues explícate; me ha picado la curiosidad.  ¡Venga, larga…!

J: Pues es muy simple: les he cogido manía a Puigdemont y a su séquito de independentistas, y, lo peor, a los catalanes. Y eso no está bien; me jode. Pero no lo puedo evitar.

L: Sigue, sigue.

J: Cuando en 2012 hablé por primera vez de Artur Mas, critiqué su «cinismo jodiente». Me pareció una actitud dedicada a molestar a los que, en otros sitios, especialmente en Madrid, le criticaban sus iniciativas secesionistas. Pero esa actitud cínica la he percibido también últimamente en, prácticamente, todas las declaraciones de los catalanes partidarios de la movida independentista; sobre todo, en los políticos que la protagonizan. Cuando les escucho y veo en la radio o en la tele me molestan bastante; me resultan insufribles.

L: Bueno, eso es lo que les pasa, creo, a una mayoría de ciudadanos fuera de Catalunya. Pero lo que no entiendo es que por lo que dicen los políticos hagas extensiva tu manía, según te he entendido, a los catalanes en general. Eso no está bien, Julio.

J: Pues no. Y por eso prefiero no decir nada ahora, porque, por eso, me va a resultar difícil ser objetivo y me voy a tener que poner de parte de los nacionalistas españoles, que tampoco me gustan nada. Y para repetir lo que están diciendo estos prefiero estar callado.

L: Bueno, pero tienes que decirme la causa de tus manías.

J: Pues, la verdad, he pensado bastante sobre ello. Te cuento. He llegado a la conclusión de que los catalanes «pata negra», como son o se creen la mayoría de dirigentes independentistas, piensan que son superiores al resto de españoles. Me da la impresión de que creen que «su país», en todos los sentidos, es mucho mejor que el resto de España. O sea, que tanto su geografía, su historia y las capacidades de su gente, especialmente las de los catalanes con pedigrí, están muy por encima de, como ellos dicen, el resto del Estado. Y esa pretendida superioridad les hace mostrarse —cuando se expresan en público, especialmente ante «el resto»— en una actitud entre didáctica y conmiserativa que a mí me parece prepotente.

L: ¿Sí? A ver, acláralo, Julio.
J: Como piensan que se dirigen a inferiores, tratan de mostrarse afables y comprensivos ante la, según creen, debilidad intelectual del resto de españoles, y, por eso, tratan de exponer sus argumentos independentistas, a sabiendas de que no van a ser asumidos, adoptando una pose de seguridad para dejar claro que la razón esta incuestionablemente de su lado. Por eso, combinan la beatífica sonrisa y la contundencia en sus explicaciones, rechazando lo que los demás puedan decirles —aunque tenga una lógica aplastante— y dando a entender que los demás no tienen ni puta idea o son unos perversos antidemocráticos reaccionarios.

L: ¿Es por eso por lo que no atienden o rechazan los argumentos del gobierno de España?

J: Pues esa sensación tengo. Aunque disiento del empecinamiento marianista de negar la posibilidad de un «referéndum legal», me parece fatal que los independentistas rechacen sistemáticamente las evidencias de ilegalidad de lo que han hecho desde el 1 de octubre. O sea, en esto estoy de acuerdo con la postura de Pablo Iglesias.
L: Entonces, en cierto modo, estás de acuerdo con lo que quieren los independentistas, ¿no?

J: En lo del referéndum, sí. Pero de eso no quiero hablar ahora. Ahora estamos hablando de mi falta de objetividad en el asunto catalán que me impide hablar razonablemente del tema. Porque, así como en su momento el «cinismo jodiente» exhibido, en mi opinión, por Artur Mas, me pareció una actitud particular y exclusiva del expresident, ahora me parece una actitud generalizada de los dirigentes catalanes que en estas últimas semanas han protagonizado la movida independentista; por eso he llegado a la conclusión de que esa actitud es un componente destacado y generalizado de la idiosincrasia catalana. Me parece que el «seny» ha sufrido una indeseable mutación.

L: O sea, consideras que el «cinismo jodiente» forma parte de la personalidad de los catalanes y por eso les has cogido manía.

J: Algo así. Aunque debo reconocer que, como ya dije en 2012, los catalanes siempre me han parecido listos. Pero el cinismo no lo aguanto. Así que prefiero no hablar de lo que está pasando, porque si lo hago estaría condicionado por lo mal que, desde hace unas semanas, me están cayendo los listillos catalanes… y esa generalización, debida a mi falta de objetividad, no está nada bien. 

24 sept. 2017

LAS BANDERAS


Yo no soy muy «de banderas». No podría decirlo con seguridad, pero creo que nunca he portado ninguna; bueno, supongo que, de niño, en alguna ocasión llevaría la del Athletic (me refiero a unas banderas pequeñitas que nos daban cuando íbamos a recibirlo tras alguno de sus triunfos). En la «mili» porté el guion de la compañía, pero eso no se puede considerar una bandera, era un simple distintivo.
Porque me refiero a las banderas que identifican a los países, a las comunidades políticas o a los pueblos; o sea, las banderas que representan colectivos sociopolíticos y a sus correspondientes espacios geográficos. De esas se ven cantidad en los JJ.OO., sobre todo en las ceremonias de apertura y de clausura; también las banderas tienen un papel importante en las ceremonias de entrega de medallas a los vencedores en las diferentes pruebas y, más informalmente aunque no menos visibles, las banderas respectivas son exhibidas con aparente orgullo por los mismos vencedores tras acabar las pruebas en las que triunfaron. En el contexto de los JJ.OO es entendible, razonable y hasta necesario el uso de la bandera, como elemento identificador de la nacionalidad de los que participan o compiten. Lo veo natural.
También se pueden ver muchísimas banderas, casi todas sin mástiles pero exhibidas con entusiasmo y vehemencia, en las etapas más exigentes del Tour o la Vuelta, cuando los ciclistas transitan por las pendientes más duras que suelen estar cercanas a las cumbres o puertos en los que se puntúa para el Premio de la Montaña. En estos casos los abanderados son espectadores (supongo que aficionados) que, más que ver a los esforzados ciclistas, lo que parece que quieren es que se les vea a ellos (y a las banderas que portan) en la tele para dejar constancia en sus respectivos lugares de origen de su presencia en la carrera (como espectadores) y, sobre todo, de su fervor por el estandarte que exhiben. Estas exhibiciones me parecen un poco ridículas; no me gustan.
Pero donde las banderas lucen con mayor significación es en los eventos de tipo político y reivindicativo. El caso más evidente lo tuvimos el pasado 11 de septiembre en la celebración de la Diada catalana. Podría decirse que fue una apoteosis banderil. Los fabricantes y comercializadores de las «esteladas» —estandarte que identifica a los independentistas catalanes— harían su agosto (nunca mejor dicho porque supongo que se fabricarían y prepararían en tal mes); los que confeccionaron y vendieron las oficiales «señeras» (sin la estrella) no sacarían ni para la barretina de los vendedores. También en las manifas y concentraciones de estos días en Catalunya, relacionadas con las reivindicaciones por el famoso referéndum, estamos viendo mogollón de banderas (todas «esteladas»). Porque, según parece, todo aquel catalán posicionado a favor del independentismo —que, supongo, son la inmensa mayoría de los que acuden a las manifas y concentraciones que vemos en la tele— tiene que evidenciarlo llevando su «estelada», la mayoría con la estrella azul (creo que son más moderados que los de la estrella roja). Así, en los contextos político-reivindicativos, las banderas sirven para hacer ostentación de fervor, devoción, entusiasmo, o, incluso, fanatismo por el territorio que representan. Para mí, portarlas así es hacer exhibición de eso que, peyorativamente, conocemos como «patrioterismo». Tampoco me gustan estas exhibiciones, aunque las comprendo. También comprendo lo de los hooligans en el fútbol, pero no me gustan ni un poco.
El amarillo y el rojo han vuelto a inundar Barcelona
Puede que, al leer esto, el lector piense que soy algo 'pitxafria' en lo referente al sentimiento nacional o fervor patriótico. Posiblemente tenga razón. En alguna ocasión ya he dicho que entre mis «virtudes» no está el patriotismo; mucho menos —digo ahora—, el patrioterismo. Pero eso no impide que, como todos, entre mis tendencias y preferencias tiene un sitio especial el cariño a la tierra (y a sus cosas) donde nací. Y no es una contradicción; aunque no voy a ponerme a explicarlo. Solo diré que, como muchísimos otros —seguramente la gran mayoría de los ciudadanos de cualquier sitio—, no necesito portar la bandera para hacer ostentación de lo que pienso sobre mi tierra o de lo que siento por ella. Mucho menos hacerlo cuando el contexto es favorable; o sea, a favor de corriente, como ocurre estos días en las calles de Barcelona.
Ahora solo quería dejar constancia de que, salvo en determinadas ocasiones en las que me parecen elementos identificadores necesarios, la exhibición de banderas me resulta antipática. Por eso no me gustan las personas que las portan en los casos a que me he referido, sobre todo cuando se las colocan a modo de capa de Superman.