5 abr. 2018

LA MOTO

En alguna ocasión anterior ya he mencionado que soy motero; es decir, que en mis desplazamientos utilizo, casi exclusivamente, la moto. Así que ya es hora de que dedique un post a hablar de mi querida máquina y de las sensaciones que me proporciona.

Lo primero, un poco de historia. La primera moto la tuve en Bilbao a los 20 años. Era una Montesa 150 de carretera bastante usada; la vendí cuando fui a la mili. La tuve durante poco tiempo y no recuerdo graves contratiempos, salvo que me quedé sin gasolina (creo que tenía estropeado el marcador) en un paraje aislado.



Ya licenciado, me llamaron mucho la atención las motos de trial y pronto me compré una Montesa (Cota) de 250 c.c., a estrenar; era como las de competición. Con aquella moto disfruté y padecí. Disfruté, porque, con un grupo de trialeros, los sábados o domingos por la mañana salíamos por los montes de los alrededores de Bilbao. Yo era el más inexperto y me costaba seguir a los demás, pero a trancas y barrancas llegaba a los destinos. Me gustaba subir al Pagasarri (entonces se permitía) y darme garbeos por sus estribaciones; no era demasiado complicado aunque algún tramo me costaba, pero disfrutaba mucho por aquellas escarpadas rutas. Y padecí porque el trial tiene sus riesgos, sobre todo cuando no se es un experimentado piloto y, además, se es algo inconsciente y temerario (como era yo). Me di golpes de todo tipo y sufrí diversas «averías» en mi cuerpo, de las que recuerdo una fractura de rótula y otra de maleolo, y, lo que más dolía, los continuos golpes en mis tibias, por no haber hecho caso a los que me aconsejaron que con este tipo de motos y cuando se va por rutas complicadas es necesario llevar botas protectoras (cubriendo la pierna casi hasta la rodilla) para amortiguar los innumerables impactos de esa parte de las piernas con los estribos metálicos en los que se apoyan los pies. Hay que tener en cuenta que normalmente se va erguido sobre tales estribos, y las contingencias obligan, sobre todo a los inexpertos, a utilizar los pies, con frecuencia e improvisadamente, para evitar caídas o para mantener el equilibrio de la moto. Todavía tengo las marcas en mis espinillas de aquellos dolorosos golpes. 


Montesa de trial. Dibujo de mi hermana Itziar



Tras unos cinco o seis años, renové la máquina. Estrené un nuevo modelo de Montesa, también de 250 c.c.: la Cota 247. Para entonces ya me había comprado las botas protectoras. Por otro lado, algo había aprendido, así que participé en alguna competición de bajo nivel, aunque no puedo presumir de buenas calificaciones. Pero seguía disfrutando mucho; padeciendo, menos. Recuerdo una subida al Ganekogorta (creo que me costó) e, incluso, con un grupo de una docena de trialeros, subí al Gorbea (el monte más alto de Bizkaia). Ya no me caía tanto y mis espinillas sufrían menos. Por citar una «avería», recuerdo que saliendo por las empinadas escaleras de piedra del interior de un búnker (reliquia del famoso "cinturón de hierro" que tuvo su protagonismo en la guerra civil), situado en el monte del Vivero (cercano a Bilbao) me golpeé la cabeza y me hice una brecha de consideración (entonces no llevábamos casco). Esta moto fue la última que tuve mientras viví en Bilbao.

Cuando vine a Madrid tardé en comprarme moto. Tenía hijos pequeños; trabajaba en una zona cómoda (de tráfico) y siempre dispuse de aparcamiento donde trabajaba. Pero a raíz de que a final de los ochenta en el trabajo me hiciera cargo de una unidad operativa que ocupaba un edificio en el centro de Madrid (en la Plaza de Vázquez de Mella; sin parking) empecé a sufrir diariamente las dificultades del intenso tráfico del centro y, además, a ciertas horas me resultaba imposible aparcar en el parking público que tenía cerca (se saturaba enseguida). Así que no tuve más remedio que comprarme moto. ¡Qué gran decisión!
La XL200. Tiene más de 30 años. Una joyita

La compré en Bilbao, en la misma tienda de Honda donde había comprado los dos Montesas de trial de las que ya he hablado. En plan experimental, me hice con una moto barata: de segunda mano (5.000 Km., prácticamente nueva), una Honda 200 XL, que me servía para la ciudad y para darme garbeos por los montes de El Pardo (tenía, tiene, ruedas de tacos). Pero, pronto me di cuenta de que necesitaba una máquina más potente. Así que mandé la XL 200 a Bilbao (aún la uso por allí) y, más o menos en 1990, me compre mi primer «pepino»: Honda CBR 600 nueva. Curiosamente, me la robaron una noche. La había dejado aparcada junto al portal de la casa de un amigo; tras denunciar el robo, a las dos horas recibí el aviso de la policía de que la habían localizado y la recuperé. ¡Menos mal! Tras unos 7 años, la cambié por otra versión más moderna del mismo modelo, y, tras otros 6 años, en 2003 compré la que tengo actualmente: Honda CBR 600 AF (¡excelente máquina!), que es, por tanto, la tercera que he estrenado de este modelo.  Me deprime pensar que será la última.

Con mi actual CBR600 en una de mis escapaditas


Mientras tuve las CBR 600 compré una Honda 1100 Paneuropea a medias con Juan, un vecino y amigo muy motero que tenía una Honda 750. La compramos en 2002 y la mantuvimos unos cuantos años (no puedo precisar). Era una moto estupenda para viajar (tenía grandes maletas) por su gran estabilidad y potencia. Con mi mujer ya hice algún viaje largo; también alguno solo. Era un capricho, porque los dos propietarios, como he dicho, teníamos otras buenas motos. La vendimos porque a Juan le destinaron en su trabajo al extranjero y no era cosa de que yo me quedara soportando todo el gasto de la moto que teníamos a medias, y además no la usaba demasiado (para lo cotidiano, yo prefería el «pepino»).

Haciendo el recuento, he tenido 8 motos: desde la primera de 150 c.c. hasta la actual de 600 c.c., pasando por la Paneuropea 1100. No he hecho muchos viajes largos: a Bilbao he ido unas pocas veces; estuve en las carreras de Jerez y Valencia y hace un par de años, con un grupo de amigos moteros estuvimos unos días por Andalucía. En la actualidad, con este grupo, los sábados (si hace buen tiempo) nos damos una vuelta de unos 300 o 400 kilómetros. También, todos los veranos me hago una escapada a Segovia para contemplar el magnífico espectáculo del acueducto (de esto ya hablé aquí). Pero, la verdad, confieso que pilotar durante largas distancias no me entusiasma. Ahora no se puede correr y tener que circular a velocidades moderadas durante mucho tiempo casi me aburre. En cambio me divierte mucho circular por el centro de Madrid, que, cada vez está más complicado para los coches; por eso se disfruta mucho en moto. Porque mi moto, CBR 600, aunque es una máquina deportiva de gran potencia, es muy ágil y cómoda (de hecho, compito frecuentemente por la Gran Vía y calle Princesa —y suelo ganarles— con los pizzeros motoristas). Con esta última ya he tenido alguna «avería»; la más gorda, una fractura de peroné, en cuya reparación parece que el cirujano me colocó un soporte metálico del que me acuerdo cada vez que entro o salgo de El Corte Inglés (pitan los detectores que hay en las puertas).

Aunque desde hace más de 50 años las vengo utilizando asiduamente, confieso que no entiendo nada de motos; me refiero a la mecánica y a conocer sus tripas. Realmente, no tengo ni idea. Nunca me ha interesado; para eso están los expertos mecánicos. Solo me he preocupado de llevarlas bien, de que no me echaran demasiadas multas y de que no me las robasen... y de correr. Correr me gusta. Circular rápido en moto es una sensación muy agradable. El hecho de que el acelerador se accione con la mano y que se perciba con nitidez las vibraciones y el sonido del motor agranda las sensaciones. Cuando se apuran las velocidades y se superan las 10.000 r.p.m., el estridente rugido del motor resulta casi orgásmico. Curvear inclinando la moto también me pone; pero tiene su riesgo. Como ya he tenido unas cuantas caídas y a veces hay factores que pueden influir para que ocurra eso, como es el estado de los neumáticos y, sobre todo, la situación del pavimento, procuro ser prudente y no hacer el tonto. Las caídas en moto, además de producir lesiones corporales, te cuestan una pasta por los destrozos y averías que pueden ocasionar en la máquina. Así que hay que andar con ojo. Aun así, creo que viene bien, de vez en cuando (de mucho en mucho), tener algún contratiempo de este tipo siempre que no produzca importantes lesiones ni averías, porque ayuda a tomar consciencia del peligro que se corre y a no confiarse mientras se conduce, que es lo que, desgraciadamente, a todos nos pasa. Se suele decir que hay dos tipos de moteros: los que se han caído y los que se caerán. Es lo malo de las motos: las caídas son, a la larga, inevitables, por eso decía que de vez en cuando (de mucho en mucho) conviene tener un susto para así recomponer y reactivar todos los mecanismos de alerta en la conducción. El peligro de accidente es proporcional al estado de confianza del conductor.

Pero a lo negativo del peligro de la moto, máxime, como es mi caso, si se utiliza principalmente en una ciudad con un tráfico tan intenso y complicado como es el de Madrid y se tiene el gusto por la velocidad del que ya he hablado, se superponen las sensaciones positivas que provienen del simple hecho de utilizar la moto. Poder calcular con precisión lo que se va a tardar en el desplazamiento previsto; poder superar con facilidad los numerosos atascos; poder aparcar con plena facilidad justo donde quieres, son algunos de los «poderes» impagables que, en Madrid, solo proporciona la moto.


Yo la utilizo casi todos los días; es decir, casi todos los días siento el placer de subirme en mi máquina. Porque, a mi «tierna» edad (en verano cumpliré 73), cuando las emociones y sensaciones fuertes están ya en el archivo de la memoria, la moto es de las pocas cosas que aún me hacen sentirme joven y «en forma». Suelo decir que la moto me da vidilla, y es la pura verdad. El simple hecho de subirme en la moto y accionar el botón de arranque me proporciona una muy agradable sensación. Puede que a otros moteros más jóvenes esto les parezca una simpleza rutinaria, pero a mí, a estas alturas de la vida, me resulta casi sublime.

Por eso y aunque uno sea consciente del peligro, me gustaría seguir siendo motero durante aún mucho tiempo. Pienso bastante en esto, y cada vez que lo hago termino mi reflexión cuando, inevitablemente, el subconsciente me dice: «Julito, no le des vueltas; te retirará un hostión. Procura que no te lleve al cementerio o te deje en una silla de ruedas, porque a tu edad…». Sí, sí, puede que tengas razón, le contesto… Pero no le hago ni puto caso.


1 abr. 2018

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2018
OTRA DE LINGÜÍSTICA. Pronombres problemáticos
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RECUERDOS (VI).Traslado a Madrid. La fusión de BBV
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29 mar. 2018

OTRA DE LINGÜÍSTICA. Pronombres problemáticos




El otro día, en una conversación sobre cuestiones lingüísticas que mantuvimos durante la sobremesa, uno de los presentes citó como ejemplo de error frecuente en el hablar cotidiano la construcción de la frase “Pepe se está marchando” (o algo parecido), contraponiéndola a “Pepe está marchándose”, que, según él, sería la correcta. Aducía que el citado error en la colocación del pronombre “se” podría provenir por la analogía con su colocación en la utilización impersonal de la tercera persona del presente de indicativo del verbo estar (está) en frases del tipo “aquí se está bien”. La verdad es que nunca había reparado en esta cuestión, por lo que, además de sorprendido, quedé preocupado por lo que se me dijo, pues estoy seguro de haber utilizado en innumerables ocasiones la frase “incorrecta” o muchas otras similares: El tren se está yendo, el edificio se está cayendo, etc., en lugar de, según la opinión del que planteó la cuestión, haber utilizado “está yéndose”, “está cayéndose”, etc.


Pero, como ya dije en la conversación, no me quedé muy conforme con la tesis expuesta. Principalmente, porque la incorrección señalada no me parecía tal, y, también, porque, por prurito, no me apetecía asumir el error. Así que, no sé si por tratar de salvar la cara, o por mi afición a estas cuestiones, o, simplemente, por mi tendencia a polemizar, he reflexionado sobre esto con la aviesa intención de encontrar argumentos para, cordial y amistosamente, contradecir lo que se me dijo. Advierto que carezco de formación especial o específica sobre la materia, así que, como amante del castellano, sólo me considero un simple aficionado a las cosas del lenguaje e interesado en el buen uso de nuestro idioma. Por tanto, lo poco que pueda saber es fruto del conocimiento que, como cualquier persona de mi edad que haya sentido interés por la gramática y el lenguaje, puedo haber adquirido a lo largo de la vida y, eso sí, por la aplicación de la lógica y el sentido común, que, a mi entender, tienen mucho que ver en las cuestiones de lingüística. Consecuentemente, lo que yo diga sobre esto no tiene mayor pretensión que la de aportar una opinión a una discusión entre amigos.


Entrando en el asunto, lo primero que debo decir es que parece que hasta los más puristas admiten que el lenguaje se va haciendo, se va modificando, se va actualizando (¿va haciéndose, va modificándose, va actualizándose?) con su uso por la gente, por el hablante, es decir por el grupo humano que habitualmente lo utiliza para comunicarse. Por eso, los que forman este grupo (en el caso del castellano los más de cuatrocientos millones de personas que lo usamos como idioma principal y propio en España y América) son, como queda dicho, sus verdaderos y únicos propietarios, por lo que pueden hacer con él lo que les dé la gana, siempre que —y esto es lo importante— más o menos se pongan de acuerdo o, dicho con un poco más de precisión, haya un consentimiento generalizado. Y, dicho sea de paso y refiriéndonos al castellano, aquí es donde interviene la RAE y resto de Academias de los países hispanohablantes. Porque no hay duda de que, como el condominio es tan extenso y el patrimonio tan importante, no está mal que haya quien trate de velar o mediar por que exista el acuerdo, aunque sea por zonas o países, lo cual, en mi opinión, es el fundamento y la razón de la existencias de estas instituciones.


Por tanto, para mí está claro que si los propietarios, o una gran mayoría de ellos, lo quieren y están de acuerdo o lo consienten el idioma se transformará, se modificará y se actualizará según los usos, aun en contra de la opinión y de los esfuerzos de los más excelsos puristas conservadores.


Esto, dicho de otro modo, quiere decir que, a la postre, las palabras y la forma en que se dicen o se escriben no tienen otro significado que lo que entienden o interpretan los que las escuchan o las leen, condicionados por el uso y la costumbre. Por tanto, hablando y escribiendo de acuerdo con los usos de cada momento se está en lo "correcto". Esto se entiende fácilmente leyendo ahora escritos de hace ya tiempo; por ejemplo, El Quijote. Sería grave pecado poner en cuestión el conocimiento del castellano de Cervantes, pero no hay duda de que en sus textos se perciben notables diferencias con los de los literatos modernos, tanto en la sintaxis como en el significado y uso de no pocas palabras. Y esto, obviamente, no quiere decir que los modernos escriban mal, no, simplemente se han acomodado a los usos o, incluso, que han propiciado que éstos cambien. Como otro ejemplo citaré la palabra "murciélago", que, según tengo entendido, en otro tiempo se decía "murciégalo".


Aplicando lo precedente a la cuestión que nos ocupa, se podría concluir que si, actualmente, para transmitir la idea de que Pepe, en el momento en que se habla, está realizando la acción de marcharse, está generalizado el uso de la frase “Pepe se está marchando” (digo que está generalizado porque a mí me suena como muy habitual), y si se usa mucho más que la pretendida correcta de “Pepe está marchándose”, y la mayoría de las personas entiende con la primera lo que el que la dice quiere decir, para mí está bien dicho. Y con esto no pretendo decir que todo vale con tal de que la gente se entienda, lo cual sería una barbaridad e impropio de alguien interesado en estas cosas, sino que lo que sostengo es que la corrección del lenguaje, hablado y escrito, lo determina algo tan simple como lo que podríamos denominar “los usos o la costumbre”, que, en mi opinión deben prevalecer sobre las pretendidas reglas. Algo parecido sucede en el mundo del derecho en el que, como es sabido, la costumbre es una de sus fuentes y de ahí el dicho popular de que “las costumbres se hacen leyes”.


Dicho esto, puede que encontremos también argumentos de índole gramatical para justificar que la supuesta incorrección no es tal. En primer lugar, habría que analizar bien la función en la frase de marras del pronombre “se”, pues su colocación es lo que ha dado lugar a la controversia. Si no estoy equivocado, es un pronombre reflexivo que se utiliza para la conjugación pronominal de algunos verbos, como podría ser el caso de los verbos “marchar-se”, “ir-se”, “caer-se”,… etc. (por seguir con los ejemplos citados al principio). Por una peculiaridad de nuestro idioma, que no tienen otros cercanos, estos verbos, generalmente, se conjugan con la ayuda de los pronombres me, te, se, etc., aunque también podrían conjugarse sin ellos. Siguiendo con los ejemplos, se puede decir “él marcha..., él va..., él cae ...” etc., para expresar lo mismo, sin embargo lo corriente es usarlos con el pronombre. Por tanto, me parece que la peculiaridad comentada resulta algo extraña, porque parece que aporta poco y algo complica (la prueba es que estamos en ello). Como mucho, podría admitirse que, en algunos casos, con la conjugación pronominal se consigue más énfasis en la intransitividad del verbo o se resalta que la imputación de la acción es exclusiva al sujeto, pero no es menos verdad que el significado del verbo no se alteraría si lo conjugásemos normalmente y así fuese aceptado: “yo marcho de casa”, “ yo voy al cine” y “yo caigo al suelo” son frases de significado inequívoco. Abundando en esto, no tiene mucho sentido que el verbo ir, con mucha frecuencia, se conjugue pronominalmente (“me voy a casa”, “nos fuimos al cine”, etc.) mientras que su opuesto venir no (se suele decir “vengo de casa”, “vinimos del cine”).


Por tanto, cabe deducir que la conjugación pronominal, o sea, la utilización de los dichosos pronombres en frases que no son reflexivas, es en realidad una disfunción, por decirlo de algún modo, de nuestro querido idioma. Es decir, se podría colegir que esta forma pronominal de la conjugación de algunos verbos no responde a ninguna lógica de nuestro lenguaje, sino que posiblemente sea consecuencia de una malformación o, mejor dicho (me corrijo para no dar argumentos), de una modificación impuesta por los usos, pero que, actualmente, esta totalmente admitida y nadie se atrevería a cuestionar. Si lo que digo es así, hay que admitir que la controversia que nos ocupa se centra sobre una forma de construir la oración que, por sí misma, ya resulta poco lógica, por lo que pretender ser purista sobre cómo formar bien algo que ya en sí es una malformación puede resultar tarea inútil. O sea, mejor dejarlo como está.


Pero como ya nos hemos metido en harina, vamos a continuar tratando de aportar razones de índole gramatical. Con un efecto parecido al “present continuous” inglés, para enfatizar que la acción es desarrollada sin condiciones o completamente en el tiempo que se emplea —porque la controversia no sólo afectaría al presente, sino también al pasado o al futuro—, se utiliza el verbo estar como acompañante del gerundio, siendo aquel el que determina el tiempo de la acción: está marchándose (o se está marchando), estaba marchándose (o se estaba marchando), estará marchándose (o se estará marchando), etc., con el resultado de hallarnos ante una especie de verbos compuestos o, mejor dicho, tiempos compuestos de estos verbos intransitivos (probablemente los que saben mucho de esto habrán dado un nombre a esta construcción). Por tanto, podría decirse que no estamos hablando de dos verbos diferentes (el estar y el otro) sino de determinados tiempos de los principales (estar+marchando, estar+yendo, etc.).


Y ahora toca decir que el castellano es muy anárquico a la hora de colocar (o de no colocar) el pronombre en la oración. Los personales, demostrativos, posesivos, reflexivos (y supongo que otros también) se pueden colocar delante o detrás del verbo, según se quiera enfatizar en la propia acción o en el sujeto, en unas ocasiones, o por la costumbre, en otras, o simplemente porque así le sale al hablante. Incluso, en castellano se admite omitir el pronombre, ya que, por la riqueza en la conjugación de los verbos, la persona y el número va explícito en cada forma verbal. Por tanto, si, como queda dicho, la construcción estar+gerundio se puede considerar como una única forma verbal ¿por qué la comentada anarquía no puede afectar también al pronombre que nos ocupa? ¿Qué regla obliga a colocarlo al final (pegado) del gerundio? Y, sobre todo, ¿hay alguna diferencia interpretativa si lo ponemos aislado y delante? A mí, sinceramente, me parece que no.


Hasta ahora hemos hablado de frases con verbos intransitivos, pero me temo que con los transitivos tenemos el mismo problema. Para mí las siguientes frases son correctas, por lo que usaría cualquiera de ellas: “Pepe se está comiendo el chocolate” o “Pepe está comiéndose el chocolate”; “Se lo estaban robando” o “estaban robándoselo”, pero cuando tenemos que decir “se nos las están comiendo” o “están comiéndosenoslas” prefiero usar la primera. Juntar el verbo, el sujeto, el complemento directo y el indirecto en una sola palabra, aunque no es incorrecto, me parece un exceso innecesario. Yo no la haría.


Supongo que tras todo esto se entenderá que me resista a creer que cometíamos un error gramatical todos los que tantas veces, al ver acercarse negros y amenazantes nubarrones, hemos entonado el estribillo de aquella vieja, archiconocida y movidilla canción, que, si no recuerdo mal, decía así: 


Parece que va a  llover
El cielo SE está nublando
Perece que va a llover
¡Ay, mamá, ME estoy mojando!


 





14 feb. 2018

EL FEMINISMO



El feminismo está en pie de guerra. Las mujeres (buena parte) consideran que con respecto a los varones están infravaloradas, y quieren corregir la situación; o sea, quieren, según dicen, la "igualdad" con el hombre. Sobre este complejo asunto escribí algo en un anterior post de hace ya cuatro años, MUJERES Y HOMBRES. ¿IGUALDAD?, en el que, charlando con mi habitual interlocutor, Listo, dije lo que sin sobrepasar, creo, los límites de lo "políticamente correcto" se me ocurrió sobre el tema. Pero como últimamente se está hablando mucho sobre estas cosas y hace un par de días mi amigo Iñaki me recomendó leer un artículo de Javier Marías en El País sobre el tema (en general, discrepante con algunas de las denuncias feministas) —que no me gustó demasiado en la forma aunque sí en el fondo—, me he retado a mí mismo a escribir sobre el asunto sin el freno de lo "políticamente correcto".

Resulta obvio que últimamente se han intensificado las acciones reivindicativas de las mujeres. Así, se están escuchando o leyendo en los medios de comunicación numerosas declaraciones o noticias que ponen de manifiesto, entre otras muchas cosas, que en el ámbito laboral las retribuciones de las mujeres están muy por debajo de las de los hombres. También, en las últimas semanas los telenoticias se han hecho eco de buen número de públicas denuncias de mujeres famosas admitiendo haber sido objeto de abusos sexuales —en ámbitos laborales y artísticos (sobre todo, del mundo del cine)— por parte de productores, actores, u otros hombres influyentes como "peaje" para conseguir las pretensiones profesionales de las denunciantes. En la última entrega de los Oscar se habló mucho sobre esto; algo menos en la de los Goya. Si a todo esto se añaden las amplificadas noticias relacionadas con agresiones o crímenes en el contexto de lo que se denomina "violencia de género", entre las que ha destacado todo lo que durante el pasado mes de enero se ha hablado sobre el asesinato de Diana Quer (en los telediarios de TVE ha sido la noticia de portada durante muchos días y ha ocupado buena parte de su tiempo), hay que colegir que las reivindicaciones feministas están de rabiosa actualidad.

Aunque, por supuesto, me parece bien que se luche por lo que se considera justo o por evitar las injusticias, en las reclamaciones feministas noto cosas muy raras, sobre las que voy ha comentar lo siguiente.


Amplitud del sujeto y del objeto de las reclamaciones.
Que yo sepa, las reivindicaciones feministas afectan o pretenden beneficiar a todas las mujeres. O sea, nada menos que a más de la mitad de las personas que habitan el mundo, o, enfocando a lo local, a más de la mitad de las que viven en España. Obviamente el colectivo afectado es tan amplio y heterogéneo que, de entrada, a mí esta reivindicación me parece algo rara. Si a esto añadimos que las reclamaciones afectan a todos los aspectos de la vida de las mujeres; o sea, a aspectos tan variados como su papel en la familia, o a sus condiciones laborales (retributivas y funcionales), o a sus relaciones con los hombres (abusos y agresiones), etc., nos encontramos con que podría ser de aplicación aquello de que "quien mucho abarca, poco aprieta". Por eso, la lucha feminista me parece que no responde a una estrategia razonable.

Porque estamos acostumbrados —y parece lógico— a que las reivindicaciones o luchas sociales tengan como objeto colectivos concretos bien identificados, sea por profesiones, por actividades, por pertenencia a determinadas empresas, por grupos del funcionariado, por edades (estudiantes o pensionistas), por haber sido objeto de alguna estafa, etc. Es decir, grupos de personas en las que concurren circunstancias laborales, económicas o sociales comunes y, a la vez, diferenciadas con respecto al resto de personas. Y además suelen tener el denominador común de que las personas de cada uno de estos colectivos pertenecen a un mismo estrato social, que generalmente suele estar en las capas más bajas de la sociedad, por lo que el sujeto colectivo reclamante está lejos de los poderes económicos o políticos. Es evidente que nada de esto se da en el amplísimo colectivo "mujeres", en el que, lógicamente, hay de todo.

Otra cosa sería que la reivindicación feminista se proyectara sobre determinadas mujeres o grupos de ellas (se pueden citar bastantes) o sobre determinados problemas que puedan estar soportando, lo que facilitaría identificar los objetivos y, por tanto, concretar las acciones. Pero lo de reivindicar mejoras para las mujeres —para todas— y en todos los aspectos de su vida no me parece muy racional.

La representación de las mujeres

Tampoco está claro que las personas (generalmente, mujeres) que llevan la voz cantante en nombre del colectivo reclamante (todas las mujeres) estén legitimadas para asumir tal representación (no han sido elegidas o designadas formalmente para ello). Por otra parte y curiosamente, la mayoría de las mujeres "representantes" —las que llevan la voz cantante— parece que no "sufren" las situaciones de inferioridad que atribuyen a las mujeres en general y que quieren combatir. Por el contrario, a las que vemos, oímos o leemos en los medios de comunicación lanzando sus proclamas feministas son mujeres que, aparentemente, no se pueden quejar de los males que quieren combatir, simplemente porque no los sufren, al menos, como he dicho, aparentemente.
En realidad, creo que lo que pasa es que, actualmente, está de moda el feminismo y portar esa bandera se considera "políticamente correcto". Por eso, especialmente las mujeres que tienen mayor protagonismo social están o se ven obligadas a declararse, si no feministas, seguidoras de los postulados reivindicativos del feminismo. Muchas lo harán por sus convicciones, pero es posible que otras muchas lo hagan por lo que he dicho.
Así que nos encontramos con que, en la mayoría de las ocasiones, las reivindicaciones feministas son divulgadas por mujeres que no sufren los "males" que pregonan y quieren combatir. Es como si las reivindicaciones de los estudiantes las protagonizaran los académicos de la RAE; o las de los taxistas, los ingenieros de SEAT.
Me parece raro. Por eso no me resultan convincentes.
Los antecedentes. La Historia.
La reivindicación feminista se basa en que, en muchos aspectos de la vida actual, las mujeres, en general, ocupan un lugar que se puede considerar de "inferioridad" (lo entrecomillo porque podría ser discutible) respecto, también en general, a los hombres. Pero supongo que, si esto fuera verdad, nadie debería culpar a los hombres o a las mujeres de nuestra época. Por el contrario, debería entenderse como una consecuencia, por decirlo fácil, del proceso histórico de la especie humana en nuestro espacio geográfico; dicho de otro modo, de la evolución o cambios de carácter político y social experimentados por nuestra sociedad a lo largo del tiempo. Este aspecto daría para mucho hablar; no me siento preparado para ello. Lo único que puedo decir es que, por lo que se sabe, en general los hombres y las mujeres siempre se han interrelacionado, bien organizados en familias, en tribus o en cualquier otro tipo de agrupamiento; pero siempre juntos los unos y las otras. Y, obviamente, la relación filial siempre ha existido (todos hemos tenido madre), así como la fraternal entre hermanos y hermanas. Y el ser humano, creo yo, siempre ha buscado, dicho en abstracto, "lo conveniente", que, en general, ha coincidido, más o menos, con "lo habitual" de cada momento. Y así continuamos.
Quiero decir con esto, que la situación actual no ha sobrevenido improvisadamente. Es la consecuencia, como digo, del devenir humano en su permanente búsqueda de una sociedad mejor. Y en ese trayecto histórico, por lo que sabemos, la mujer y el hombre siempre han desempeñado roles diferentes. Pretender cambiar radicalmente esto sería admitir que a lo largo de los 200.000 años (algunos dicen más) que los seres humanos hemos estado presentes en este mundo, hemos persistido en el error y no hemos sido capaces de "remediar" la citada diferenciación, ahora denominada, beligerantemente, "desigualdad". También de esto se podría hablar mucho. Lo dejo, diciendo simplemente que las cosas son o han sido por algo; o sea, que, asumiendo los fallos, las deficiencias y la naturaleza proclive al conflicto del ser humano, su historia responde a cierta lógica… positiva. Porque es indudable que, con vaivenes y errores (que se han ido corrigiendo), hemos avanzado.

Por todo esto, dicho muy deprisa, no encuentro lógica la pretensión de modificar radicalmente la diferenciación histórica de roles. Me parece que es como inventar de nuevo el mundo partiendo del momento cero.

El adversario. Violencia de género
Aunque no de una manera explícita, es obvio que la lucha feminista tiene como adversario al varón. Y, en su beligerancia, el feminismo, de forma más o menos clara, en no pocas ocasiones hace uso de los desgraciados episodios de lo que denominamos "violencia de género". Sin ir más lejos, esta mañana he escuchado en la radio la noticia del asesinato de una mujer por su pareja, en la que se calificaba tal hecho como "la demostración más evidente de la desigualdad".  Para mí, la utilización de estos episodios criminales en la reivindicación feminista es inadecuado; es más, me parece tramposo. Y no estoy diciendo que la violencia de género sea el principal o único soporte de las reivindicaciones, pero sí que se utiliza como un argumento cada vez que conocemos la noticia de algún hecho de esta naturaleza. Y esto no me parece bien, porque parece que implícitamente se identifica al varón como el gran responsable del "padecimiento" de las mujeres.

Porque, aunque esta violencia la sufre, casi siempre, la mujer de una forma directa, afecta también al varón, bien por ser familia o allegado de la víctima o, incluso, por ser el victimario. También de esto se podría hablar mucho, pero no quiero enrollarme. Solo diré que si el feminismo combativo dirige su munición sobre los hombres se equivoca de blanco.
 
En la evolución histórica de los roles de la mujer y el hombre, es indudable que han participado ambos colectivos, bien con su actitud o, más importante aún, con su influencia (las mujeres creo que siempre han ejercido mucha). Por tanto, me parece erróneo tratar de confrontar las reivindicaciones feministas, por un lado, contra las actitudes de los hombres, por otro. En la mejora de la condición social de las mujeres todos estamos interesados por igual, porque a todos (mujeres y hombres) nos afectan los problemas de las personas (de todas). Así que en las reivindicaciones feministas no debería culpabilizarse a los hombres de los males que, según, las reclamantes, aquejan a las mujeres; en todo caso, todos seríamos responsables y a todos —también a las mujeres— nos correspondería contribuir a mejorar las cosas.

Por eso, cuando en la dialéctica feminista se perciben esas acusaciones —que casi siempre son identificadas con la calificación de "machismo" (que me parece asquerosa)—, reconozco que me molesta bastante.

El objetivo. ¿Igualdad?

A mí no me gusta el término "igualdad" para denominar el objetivo de las mujeres, prefiero "equiparación de derechos y oportunidades". Porque es obvio que las mujeres y los hombres no somos iguales. La evidencia está en lo físico y, por supuesto, en la maternidad. Y como ya dije en el otro post que he citado al principio, esta diferencia somática puede determinar otras de carácter psíquico (tema para los entendidos o expertos). Y dando por bueno esto (como a mí me parece), no sería menos cierto que actualmente en nuestro contexto sociopolítico las mujeres tienen las mismas posibilidades que los hombres de formarse y, en consecuencia, de encontrar un sitio en la sociedad de acuerdo con sus capacidades, habilidades e intereses. ¿Quién lo impide?

Denuncian las feministas que en el mundo empresarial, en el político, en el artístico, en el judicial, en el profesional y en otros, las mujeres encuentran mayores dificultades por razón de serlo. A mí esto me resulta poco creíble. No puedo creer que los examinadores de un concurso-oposición, o los responsables de RRHH de las empresas, o los dueños de los negocios o cualesquiera otras personas que se ocupan de seleccionar o promocionar a las personas en cualquier ámbito desdeñen el talento y capacidades de las mujeres por el hecho de serlo. No, no me lo creo. Puede haber casos, pero estoy seguro de que no es, ni mucho menos, lo general. Por eso, no puedo estar de acuerdo con este tipo de denuncias y, menos, con la consiguiente exigencia de forzar la "igualdad".
En apoyo de estas exigencias, últimamente se menciona mucho la "brecha salarial". Porque, según los datos, en el mundo laboral los hombres están mejor retribuidos que las mujeres. No dudo de que eso sea así, pero no creo que sea por causa de la ambigua "desigualdad" que se pretende combatir. A mi entender, es, por un lado, la consecuencia de las diferencias que, como he dicho, existen entre el hombre y la mujer (se podría hablar durante horas de esto) y, por otro, por las razones históricas a que antes me he referido. Lo que sí me parece evidente es que las mujeres preparadas y capacitadas no tienen que encontrar en estos tiempos más obstáculos que los hombres para alcanzar sus objetivos de realización. Por eso, me parece ridícula la exigencia de la aplicación de "cuotas" para que, en determinados estamentos u organizaciones, se iguale el número de mujeres y hombres.
Insistiendo en las diferencias físicas (evidentes) y psíquicas (apreciación personal) entre el hombre y la mujer, habría que admitir que, sobre todo en el mundo laboral, es normal que haya actividades en las que unos u otras pueden encajar mejor. A nadie le extraña que con los trabajos físicamente más duros o de mayor riesgo (todos los tenemos en mente) tienen que apechugar los hombres, mientras que en las profesiones en que se valora preferentemente la sutileza, la capacidad creativa y otros virtudes que abundan mas en las mujeres son estas las que encuentran más posibilidades. Por ejemplo, a mí siempre me ha parecido que las mujeres cantan más bonito porque su voz es mucho más, digamos, musical que la de los hombres; en cambio, tocar la batería me parece más propio de los hombres.
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Realmente, este asunto es muy complejo. Por eso es de los que se admite o se corre el riesgo de que se digan muchas tonterías; seguro que en todo lo anterior yo he dicho alguna.